H I S P A N I C O
;
¿à-
NUMERO
E S P E C IA L
BARCE
1959
n .° 138 25 ptas.
«
Tres tipos diferentes de trasatlánticos con espléndidas acomo
daciones de Primera, Segunda y Tercera clase, para dar satis
facción a todos los gustos y al alcance de todas las economías.
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(Pernambucoj, Salvador (Bahía), Río de Janeiro, San
tos, M ontevideo y Buenos Aires.
PROXIMAS SALIDAS
VAPOR
DE VIGO
DE LISBOA
DE LAS PALMAS
Hlghland Princes*. . . .
Hlghland Monarch. . .
Amasan
.............................
Hlghland Monarch. . . .
6 de Octubre
16 de Octubre
3 de Noviembre
25 de Enero
12 de Febrero
7 de Octubre
17 de Octubre
4 de Noviembre
26 de Enero
13 de Febrero
9 de Octubre
19 de Octubre
6 de Noviembre
28 de Enero
15 de Febrero
PROXIMAS SALIDAS
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Merca d o
oficial de
artesanía
española
\
El éxito español en la Feria de Comercio de Nueva York, donde los
exportadores de la Península consiguieron pedidos por un total de seis millo
nes de lares, ha animado a los comerciantes españoles a participar en la
exposición que se celebrará en Santiago de Chile el año 1960. A tal efecto
se ha constituido una entidad privadaPromo Chile—, integrada por Nitratos
de Chile y un gran número de industrias españolas.
SANTA CRUZ
DE TENERIFE
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Con un presupuesto de cuatro
millones de bolívares (1.142.000
dólares) anuales ha quedado cons
tituida en Venezuela la Fundacn
Shell, creada por la empresa pe
trolífera del mismo nombre, que
se dedicará a actividades científi
cas, benéficas y culturales.
Jaime Laredo, el joven violinista boliviano que obtuvo en Bruselas el
premio en el difícil Concurso de Música Reina Isabel de lgica, ofrecerá
en octubre un recital en el Carnegie Hall, de Nueva York y otro en Filadèlfia,
donde volverá a actuar en diciembre como solista, bajo la dirección de
Eugène Ormandy. Luego realizará una jira por Hispanoamérica.
España se convertirá en el más
importante importador de tábaco
cubano, aumentando el año pró
ximo las compras de cigarros ha
banos, de los que anualmente se
consumen 40 millones, por un va
lor de ocho millones de dólares,
en la Península.
La Empresa Nacional de Electricidad, de Chile, invertirá 60 millones de
dólares, de aquí a 1972, en la construcción de centrales eléctricas, a fin de
cuadruplicar la produccn actual, que es de 328.000 kilovatios hora al año.
Más de 16 compañías extranje
ras y cuatro españolas obtendn
concesiones petrolíferas en la Pen
ínsula y las provincias españolas
de Africa, atraídas por las faci
lidades que otorga la nueva Ley
de Hidrocarburos, recientemente
aprobada por el Gobierno de Ma
drid. Existe la «casi absoluta se
guridad» de que en la región
pirenaica y en las llanuras desér
ticas del Sáhara español hay gran
des yacimientos.
Trabajos auténticos de
artesanía canaria
*
Cerámica y vidrio
Los cadetes de la Marina de guerra y del Ejército portugués recibirán
una parte de su preparación del último año de la Academia Militar en cur
sillos y maniobras comunes con los cadetes españoles.
El día 10 de agosto comenzó
en el Ecuador el Año de la Recor
dación Nacional, destinado a con
memorar el CL aniversario de la
revolución emancipadora quiteña
de 1809. El Gobierno ha abierto
un concurso histórico, en el que
pueden participar los americanis
tas ecuatorianos o de cualquier
otra nacionalidad, entregando sus
trabajos antes del 24 de mayo del
año próximo. El Presidente de la
República concederá un premio de
óO.OOO sucres al autor del trabajo
que el Jurado califique mejor, y
la obra premiada será editada por
el Ministerio de Educación Públi
ca. En el caso de aue el autor re
sida fuera del país, el Gobierno
lo invita a visitar el Ecuador.
Mantillas, velos y tules
Mantelerías bordadas
típicas de la Península
Muñecas, objetos
de cobre y m adera
Muy visitado por el turista
de Hispanoamérica
«
El número de turistas y hombres de negocios hispanoamericanos que visi
tan los Estados Unidos va en aumento. En 1958 entraron 225.000 hispano
americanos, que gastaron 125 millones de dólares. Se calcula que en 1959
la cifra se un 10 por 100 mayor.
Colombia recibirá equipos in
dustriales—en especial maquinaria
para realizar perforaciones petro
feras y tractores—, así como
productos químicos, fabricados en
Rumania, en virtud del primer
convenio de intercambio comercial
firmado con aquel país entre la
Federación Nacional de Cafeteros
y la Prodexport (empresa estatal
rumana del comercio exterior).
El próximo Vresidente de la República portuguesa ya no será elegido
por sufragio directo, como hasta ahora se hacía. La Asamblea Nacional ha
aprobado una enmienda constitucional por la cual el sufragio directo se
mantiene para las elecciones parlamentarias, pero el Vresidente se designado
por un cuerpo electoral restringido.
El ex presidente guatemalteco
Juan José Arévalo continuará re
sidiendo en Caracas, donde es ac
tualmente profesor de la Univer
sidad, a pesar de que el Gobierno
En el puerto chileno de Arica se
japoneses. La empresa Nissan Motors,
ha firmado un convenio con la Casa
dos primeros os se producirán 2.500
carse la misma cifra anualmente.
Un reactor nuclear que tendrá
una capacidad de 150.000 kilova
tios y produci energía eléctrica
al mismo costo que la actual, ba
sada en el consumo de carn o
petróleo, va a ser instalado en
de su país le ha restituido los bie
nes, valorados en .300.000 lares,
que le fueron confiscados en ju
nio de 1954 por el coronel Carlos
Castillo Armas.
instalará una fábrica de autoviles
constructora de los vehículos Natsun,
Mussa, en virtud del cual durante los
automóviles, pasando después a fabri-
Brasil, a orillas del río Iguape, a
160 kilómetros del puerto de San
tos. La construcción de la central
costará 40 millones de dólares y
entrará en funcionamiento en
1963.
Armando PUENTE
MUNDO HISPANICO
Director : JOAQUIN CAMPILLO
N IM B O 138 » SiPIltfflBRt 1959 » AÑO XII » 25 PtStTAS
Depósito legal. M. 1034-1958
SUMARIO zííl
PO RTADA. (Fotocolor de Roca Casanova.)
Los tra ba jos y los días, por A rm ando P uente ............................................................................... 4
Barcelona, por José M aría de Porcióles, alcalde de Barcelona ................................................~ 0
C ataluñ a, por Blas P iñ a r
............................
.
.............................................................................................. J
U n a ciudad de la V irgen, por José M aría de Sa g a rra ..................................................................... *
C artel de fiestas. (Ilustración de Jip .) ...................................................
.
.
...........................................
Fiestas de la M erced, por Jo aq uín M aría de N adal. (Fotos de Sáenz G uerrero.) ........ 11
Fiesta m ayor en la que la fe se asienta ...............................
.
...........................................................
*4
Noches de B arcelona, por Sebastián Gasch. (Fotos Postius.) ................................................ 15
B arcelona desde arrib a. (Fotos Postius.) .......................................................................................... *9
A lgunas cifras de Barcelona
..................................
.
.................................................................................. 20
Retorno de Eugenio d’Ors, por Jaim e Fe rrá n ........................................................................... 21
El paseo de G racia, por José M aría Espinás
........................................
........................................
23
B arcelona ro m an a, por A gustín D urán y Sam pere. (Fotos Postius.)
..............................
27
Barcelona, de fiesta en fiesta, po r «Sempronio». (Fotos P ostius y Sáenz G uerrero.) 31
C artel de la M erced ................................................................................................. 35
Postales de Barcelona. (Fotocolor de Roca Casanova.)
.
.................................................
.
..........
36
Las reales A taraza nas, por José M aría M artínez Hidalgo, director del Museo M arítim o. 40
La V I F lota de los Estados U nidos, hab itual en Barcelona, por M anuel Vigil. (Fotos
Postius y O fficial Photograph U. S. Navy.)
................
..............................................................
47
Conferencia Club, por C arlos Soldevila. (Foto S agarra.) ......................................................... 51
En p rim era fila del arte ab stracto, por C esáreo R odríguez A guilera
..............................
52
El tea tro griego, por L uis M arsillach. (Fotos X avier M iserachs, exclusivas.)
................
57
Barcelona y su cine, por Ju a n F rancisco de Lasa. (Fotos archivo R am iro de C aralt.) 60
C. de F. Barcelona, por M iguel G arcía B aró
.......................
•••••;• 63
Barcelona, ¿prim era Plaza de Toros de E sp aña? , por N ésto r L uján . (Fotos T. A. F.
y E uropa Press.) ..............
.
.........................................................................................................................
U na iglesia funcional y m ística, por M. S
..........................
.
........................................................
¿1
T a rrasa y sus iglesias visigóticas, por José Carbonell Costa
...........................................
81
El catalán, lengua hispánica, por Guillerm o D íaz-Plaja. (Ilustraciones de Luis de B en.) 87
El P rem io Boscán, p o r José M aría C astro Calvo
......................................................................
89
El In stituto de Estudios H ispánicos de B arcelona, por R am ón M ulleras
.
.................
.
89
Dos vacíos en la poesía catalana contem poránea: C aries R iba y José M .n López Pico. 90
A ntología de poesía en c atalán. (Selección de A ntonio C om as; ilustraciones de Igle
sias del M arquet.) ...............................................................-
...........................
•••;
.............
:
...........
.
^3
A ntología de poetas catalanes en castellano. (Selección de F. Galí ; ilustraciones de
Luis de Ben.) .................................................................................................................................................
Colaboración litera ria de M anuel V igil, E duardo M arco, José M aría García Baró
y Salvador Jim énez.
Colaboración a rtístic a de Luis de Ben, Iglesias del M arquet, C. E. S. C., Jip , Olomí
y D aniel del Solar.
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Redacción: 57 32 10. A d m inistració n: 57 03 12. A dm inistración y Redacción: 24 91 23
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IT LINDO HISPANICO” este
/ m magnífico portavoz de la
/ / m isión ecum énica de
I / nuestra raza, dedica el
I mi presente número a Barce-
j V I lona, prosiguiendo su
>mf plausible tarea de dar a
conocer los valores y las
características de las tierras y las gentes
hispanas. Recuerdo que ya en 1951 publicó
esta revista un estudio monográfico de la
ciudad, que, por su alarde tipográfico y por
el interés de sus colaboraciones, constituye
una referencia documental de primer or
den, digna de figurar en la mejor hemero
teca barcelonesa.
Será, pues, sumamente ilustrativo poder
comparar la fisonomía de la urbe a través
de esos ocho años que separan a ambos nú
meros de esta publicacn. Barcelona es
una ciudad que vive la crisis de un creci
miento ininterrumpido, que desborda los
límites de su término municipal y reclama
un nuevo trato jurídico administrativo. En
esta coyuntura histórica, henchida de pro
mesas e ilusiones, la ciudad se prepara y
toma aliento para emprender su marcha
hacia la plenitud, asegurada por su vigo
roso complejo económico-demográfico y
alentada y encauzada por el nuevo
régimen administrativo que el Estado, con
generosa visn, le ha concedido.
Año feliz y prometedor para Barcelona
JOSE MARIÀ D
CALCALDE DE
este de 1959, en el que tantos logros se
consolidan y tantas aspiraciones se concre
tan. Año en el que la tradicional inquietud
emprendedora de sus hijos encontrará am
biente propicio en la nueva potica econó
mica emprendida por el Gobierno, que
exige esfuerzos y lealtad en un trabajo te
naz y continuado, tan en armonía con las
virtudes laborales de este pueblo.
Si en el orden económico europeo Bar
celona se dispone a trabajar con entusias
mo, no menos saludable es su estado de
ánimo en relación con los mercados de ha
bla española, de antiguo atendidos por co
merciantes catalanes que en América se
hicieron famosos. En definitiva, se trata de
fortalecer los vínculos comerciales creados
por aquellos hombres de empresa barcelo
neses de nacimiento o por adopción que
supieron comprender las posibilidades eco
nómicas e incluso ideológicas de este inter
cambio comercial. Son los ejemplos inolvi
dables de Juan Güell, de José Xif, que fué
alcalde de Barcelona; de Manuel Girona,
de Bosch y Labrus y de tantos otros que
en el comercio, en la industria o en la ban
ca contribuyeron a hacer de la Hispanidad
un cuerpo vivo, dinámico e indisoluble.
La Barcelona de nuestros días, progre
siva y sensible, quiere hacer honor al elo
gio cervantino estableciendo, a tras de
sus hombres y sus empresas, una corres
pondencia grata de firmes amistades.
E PORCIOLES
BARCELONA)
CATALUÑA
T
oda aquella extensión territorial,
dividida en condados y sujeta
a los avatares y vicisitudes de
una época dura y revuelta,
comparece y se delimita como
la «Marca Hisnica». Hay
aq como un símbolo claro de esta idea
clave de la misión : dos condados, el del
Pallars y el de Ribagorza, que estuvieron
libres de la invasión sarracena, es decir,
que nunca fueron conquistados por fuerzas
extras y que, por tanto, nunca fué pre
ciso reconquistar, no entran ni constituyen
la «Marca Hispánica». Lo hispánico co
mienza, pues, con la Reconquista, con la
redención, con la liberación de lo que cons
tituye después el contorno geográfico de
España. Aquello que no es preciso recon
quistar ni liberar se hace hispánico por
su aportación a la empresa común, por su
incidencia en el afán colectivo, por su en
voltura y mestizaje, de tal modo, que si,
replegado en sí mismo, hubiera estado au
sente de la aventura, jamás habría mere
cido el agua lustrar de Hispania y el pa
tronímico de hisnico.
Lo hisnico, en aquel entonces, se iden
tifica y entraña en lo catalán. La tarea
española, que tuvo brotes en latitudes pen
insulares distintas, tiene aquí fisonomía
más dibujada. La empresa catalana tiene
marchamo español, y mientras en dichas
latitudes nacen reinos con variadas deno
minaciones, aquí se funda una región be
ligerante con el nombre significativo de
«Marca Hisnica», primer llar y campa
mento de la Hispanidad.
Cuando, al servicio de esta Hispanidad
por América y Oceania, hemos conversado
con los hombres de nuestra estirpe y hemos
contemplado la vastedad de las tierras
adonde llegó la imprenta y el sello de Es
paña, nuestro recuerdo ha volado hacia las
brumas del Canigó y las aguas tibias y
azules del golfo de Rosas, porque allí, en el
Ampurdán, en Cataluña la Vieja, latió por
vez primera, y bajo el signo de San Jorge,
el corazón de nuestra Hispanidad.
Por eso, cuando ahondando y profundi
zando en el alma de Cataluña, encontramos
su vena hispánica, frente a deserciones que
más tarde habrían de producirse, los hom-
P o r
BLAS PIÑAR
bres que estamos embarcados en la tarea
de mantener por el mundo toda la siembra
de Espa, no podemos por menos de re
cordar que esta filiación hispánica de Ca
taluña, que fué, como os he dicho, una filia
ción originaria y de nacimiento, se perpetúa
y se prolonga sin soluciones de continuidad.
Porque cualquiera que sea lo que .afirmen
ciertos historiadores en torno a las Capitu
laciones de Santa Fe, lo cierto es que en
la tarea descubridora del Nuevo Mundo y
en esas Capitulaciones estuvieron presen
tes los súbditos del rey de Aragón y que
fueron los florines aragoneses y catalanes
los que hicieron viable económicamente la
empresa descubridora; y porque fué preci
samente Barcelona, la capital, donde los
Reyes Católicos Isabel y Fernando recibie
ron a Cristóbal Con, el Almirante, al re
gresar del primer viaje al mundo recién
aparecido.
s tarde, en medio de las vicisitudes
y de las luchas políticas de nuestro pueblo,
son los catalanes los que insisten y reivin
dican, frente a los reyes Austrias y Borbo-
nes, su derecho, como espoles, a comer-
I
T o r r e s r e m a n a s c / e / a
c a / / e c / e / O ó / s / f o .
ciar con América; catalanes fueron los
creadores de aquella compañía mercantil
de Nuestra Señora de Montserrat, que llevó
barcos, mercancías y hombres a Puerto
Rico, a Santo Domingo, a la Margarita y
a todos los puertos de ambas orillas del
Atlántico y del Pacífico de la América es
pañola.
Finalmente, cuando el Imperio se frag
men y entró en la última etapa de su
liquidación y derrumbamiento, fueron los
catalanes los que, atentos a su misn his
panoamericana, a su vieja histórica tradi
ción, urgieron y presionaron al Gobierno
central a fin de que crease un Ministerio
preocupado de manera exclusiva de los pro
blemas ultramarinos. El Ministerio de Ul
tramar, que quizá sea el viejo precedente
del Instituto que yo dirijo, aquel Ministerio
fué creado a sugerencia, a impulso y bajo
la presión de los catalanes, de tal forma,
que dos catalanes ilustres, don Francisco
Permanyer y don Víctor Balaguer, tuvieron
al principio que regentarlo.
No está, por consiguiente, Cataluña aje
na a la tarea hisnica, y si hemos dicho
que este quehacer hisrico dibuja la con
ciencia nacional, es claro que en la me
dida en que pongamos en el horizonte de
la juventud española el ideal de América,
en esa medida nuestras juventudesy, por
tanto, la juventud de Cataluña—estan
plenamente identificadas con los destinos
nacionales de nuestro pueblo.
Pero si es verdad que Cataluña ha es
tado presente en la tarea española, tam
bién lo es que los españoles del resto de
Espa no conocemos bastante a Cataluña.
Y de Cataluña no hay que conocer tan sólo
la superficie y el barniz externo, sino el
paisaje y los hombres; y si hemos dicho
que en la vieja Cataluña, pirenaica y sep
tentrional, se encuentra la cuna hispánica,
allí hemos de empezar nuestra peregrina
ción, allí hemos de ir con los ojos anhelan
tes a beber la luz del paisaje y a conversar
con los hombres para conocer su alma. En
el Ampurdán, viejo, antiguo, pirenaico y
alto, en la vieja Cataluña, la s pura,
entrañable y limpia de todas las Catalas,
el campesino viste aún su barretina, y
allí «les cobles»—conjunto u orquesta ins
trumental de viento que preside el «fa-
bio, hombre que al mismo tiempo que
sopla maneja con la mano el tamboril
acompasan el ritmo de las parejas, que en
el aire ponen el sesgo de la fina silueta y
de los pasos inocentes y populares de las
«sardana.
Desde aquella región ampurdanesa—la
más pura entre las regiones catalanas,
la tierra de Caterina Albers, el Pirineo
ciñe y atraviesa el valle de Arán, Andorra
y la Cerdaña, con Puigcerdà y el enclave
de Llivia y la Seo de Urgel.
Dos ríosel Noguera Pallaresa y el No
guera Ribagorzana—constituyen los ejes
de un sistema hidroectrico fundamental
para Cataluña y especialmente para la zona
industrializada de la Maresma, que, con
Mataró y Arenys de Mar, como cleos
más importantes, termina en Barcelona.
Al norte de la Maresma, la Costa Brava,
con Tossa, SAgaró y Bagur, cuyas calas
contemplé una tarde de invierno, y en el
triángulo que constituye Cataluña la Vieja,
Olot, Gerona y el Montseny.
Luego, al interior, las comarcas del Pa-
nadés y del Vallés, y bajando de nuevo,
junto al mar, Tarragona, «Hispanici orbis
regina et dea», reina y diosa del mundo
hispánico; Reus, a la izquierda, en disputa
con la capital, y Salou, con su playa her
mosa.
Más abajo, en el linde casi con el país
«valensiá», Tortosa, con el delta del Ebro,
transformado en arrozal, como si el río que
llega hasta allí desde los montes de Canta
bria quisiera despedirse con un beso de
espigas de la tierra que le fué acariciando
en su duro y largo recorrido.
Al interior, la hoya de rida, con la Sé-
garra y Cervera—de «ciervo» o «cervi,
dejando pasar la carretera por debajo de
su hondura y alzada sobre una loma, en
carando la estepa fronteriza de los Mone-
gros, pximos a transformarse de erial
en jardín.
Y en el centro, dominando y protegiendo
a toda Cataluña, Montserrat, con su Virgen
morena, donde aún van los prometidos a
casarse y los recn casados a prometerse
fidelidad, y donde, entre hábitos monacales,
cabezas tonsuradas, cantos gregorianos y
millares de exvotos, una escolania de voces
atipladas y agudas entona el «virola.
B. P.
UNA CIUDAD DE LA VIRGEN
, i
)> ' - I
: t i
''Montserrat y Mercedes estos dos nombres moríanos
permanecen incrustados en la columna vertebral de Barcelona
UÉ en los albores del
siglo xiii cuando Pe
dro Nolasco, Rai
mundo de Peñafort
y Jaime, llamado el
Conquistador, conde
de Barcelona y rey de Aragón,
fundaron en nuestra catedral la
Orden mercedaria para la re
dención de cautivos. La Virgen
María había favorecido a la ciu
dad con la luz del milagro y la
ciudad le d este nuevo título :
Nuestra Señora de las Merce
des. Doscientos años antes, Oli
va, biznieto de nuestro primer
conde soberano, abad de Ripoll
y de Cuixá y obispo de Vich y
de Elna, había inmortalizado en
Montserrat—la sagrada monta
ña de Barcelona—la luz de otro
milagro de la Virgen, fundando
el monasterio, que, por su ex
traordinaria trascendencia, fué
y sigue siendo el más alto ex
ponente que ha dado Cataluña
a la cultura occidental.
Desde entonces, Montserrat y
Mercedesestos dos nombres
marianos—permanecen incrus
tados en la columna vertebral
de Barcelona. Los hechos histó
ricos que aq ha ido acumu
lando el tiempo se han produ
cido bajo el signo de otros nom
bres, pero ninguno ha tenido ni
la grandeza ni la voluntad de
permanencia que los que en- su
oculta intimidad o en su exter
na resonancia se han acogido
al signo mariano. Barcelona es,
pues, en su jugo histórico, una
ciudad de la Virgen, a la que
otra virgenla mártir Santa
Eulalia—vino a añadir feminei
dad, ennobleciendo con su ban
dera el Consejo de Ciento o mu
nicipio barcelonés.
No creo que sea un puro ca
pricho poético atribuir a Bar
celona una realidad histórica
entrañablemente femenina, co
mo su nombre, porque en la
perfección democrática de sus
antiguas instituciones gremia
les y municipales, más que el
capricho aventurero de un ma
rido impetuoso y soñador, se
adivina el cálculo, el realismo y
el sentido común de una mujer
ponderada, de fértil y generosa
matriz, pero de mano segura en
el mantenimiento de las llaves
y en el gobierno de la casa.
Cuando los reyes de Aragón
fueron leones del Mediterráneo,
su rama y su sangre principa
les eran estrictamente barcelo
nesas. Barcelona era dentro de
la confederación la primera, la
más rica, la más importante, la
de peso específico más conside
rable; pero aquellos monarcas
se llamaron reyes de Aragón,
de Valencia, de Mallorca y de
Sicilia, y al final, condes de
Barcelona. Es decir, Barcelona,
cabeza de Cataluña, era la que
por derecho propio le tocaba ir
en cabeza, y en realidad iba a
la cola, y no con denominación
de monarquía, sino de simple
condado. El peso, la fuerza y
el dinero estaban en el Consejo
de Ciento y en la Generalidad
de Barcelona; el rey y las ins
tituciones barcelonesas lo sa
bían perfectamente; pero aque
lla Barcelona tan femenina y
tan segura de su realidad, des
preciando la pompa de los nom
bres y ateniéndose a la verdad
de los hechos, se complacía pa
radójicamente en un secreto or
gullo y en una exterior modes
tia; era la gran señora que no
necesitaba salir al balcón con
la corona puesta para que todo
el mundo se diera cuenta de su
valor.
Esta manera de ser democrá
tica, lisa y llana, y este prurito
en preferir el fruto del trabajo
al fruto de la retórica o del es
fuerzo brillante, tan caractes
ticos de la mentalidad barcelone
sa, deben de haber ido siempre
acompañados de una imponde
rable, de una muy misteriosa
gracia femenina, para que nues
tra ciudad se haya podido pro
yectar en la Historia con un
color y con un timbre tan ori
ginales y tan eficaces. Sin este
algo—que es puro misterio o
puro milagro—yo no compren
dería la frase de Carlos V pre
firiendo el tulo de conde de
Barcelona al de Emperador de
los romanos. Ni comprendería,
admitiendo n todo lo ficticio
que pueda acarrear la literatu
ra, los desmesurados y extraor
dinarios piropos que dirigió
Cervantes a nuestra ciudad. Es
significativo que después del
choque de Don Quijote con Bar
celona entre en las páginas del
gran libro un chorro de piedad,
de razón y de comprensión, y
en la muerte del héroe nos sea
dado respirar un perfume como
de maternal ternura.
Tampoco creo gratuito el he
cho de que San Ignacio de Lo
yola—a mi modo de ver, el va
n más alto y más universal
que España haya dado al mun
doaprendiese sus latines en
tre unos párvulos barceloneses
y que la caridad de dos piadosas
mujeres de nuestro casco viejo
le nutriese de sopas barcelo
nesas.
Nuestros dos más ejemplares
poetas modernos, Verdaguer y
Maragall, en sus dos respecti
vas odas a nuestra ciudad, exal
tan a Barcelona bajo una forma
femenina. Verdaguer ve en ella
a la hija de Hércules; Mára-
gall, menos rerico y mitogi
co, la personifica en una mujer
de carne capaz de lo más selec
to o de lo más grosero, pero,
a pesar de todos los pesares,
siempre arrebatadoramente en
cantadora.
En más de cincuenta años de
experiencia ciudadana, y des
pués de haber vivido tantos mo
mentos dispares y contradicto
rios sobre la piel de mi ciudad,
intento a veces formarme una
idea o un concepto de la esen
cia de Barcelona, y si me pier
do entre sus muchos elementos
y sus componentes, si se me
destroza lo hisrico dentro de
ese caos de la Barcelona actual,
henchida de inmigraciones, su
cia y brillante de vulgaridad;
si comparo el vestido y el porte
de todas las Barcelonas de mi
recuerdo, a fin de cuentas lo
que resalta, lo que queda para
mi meditación, sobre tantas es
tampas crueles, vergonzosas,
gloriosas o apasionadas de mi
Barcelona, es este su tremendo
carácter femenino, es esta pro
funda dulzura de su filiación
mariana : Montserrat y Merce
des, dos nombres pronunciados
sin afectación, dos esencias pe
rennes en la columna vertebral
de la ciudad más ponderada y
más disparatada, la mayor en
volumen y en aventura humana
de cuantas viven todavía ba
ñándose en la sal del Medite
rráneo.
Barcelona se algo muy re
cónditamente femenino, porque
somos los hombres de acá, mu
cho más que las mujeres, los
que sentimos una pasión por
ella. Nos sorprende a veces una
Barcelona monstruosa que nos
molesta, pero en seguida nos
compensa la molestia una Bar
celona que es simple encanto.
No sentimos el orgullo de ser
hijos de ella, sino el deseo de
servil-la, la solicitud de mejo
rarla y la ambición de ennoble
cerla. Porque esta Barcelona, a
pesar de su venerable anciani
dad, de su brutal hinchazón, de
su promiscuación contemporá
nea y de su vitalidad excesiva,
nos parece todavía una mucha
cha a medio vestir y a medio
alhajar, que espera todavía mu
cho de nuestro cuidado y de
nuestra ternura.
JOSE MARIA DE SAGARRA
t
O,,
üO'i,
<<$?'> » ' v
'M oJV;
Las proezas de los Xiquets
de Valls atrae rá n , como
otras veces, la admiración
de las gentes, alzando su
célebre y gigantesca torre
humana.
La imagen de Nuestra Se
ñora de la Merced será de
nuevo entronizada en la ba
sílica para presidir, como le
corresponde, los festejos.
Un nuevo ciclo de teatro
latino proporcionará culto
deleite a la afición refinada
y selecta de barceloneses y
visitantes.
La sardana será la caracte
rística expresión festiva del
pueblo barcelonés, que
adoptó la danza del Ampur-
dán como ceremonia popu
lar y propia.
El Paseo M arítim o , aun
cuando no es totalmente
terminado, lucirá sus mejo
res galas para enmarcar la
deportiva travesía a nado
anunciada.
0 0 D
El maravilloso espectáculo
de los gigantes y los ena
nos desfilará ante los ojos
ingenuos y asombrados de
niños y grandes, propios y
extraños.
1018 01181 M
5a
i iriiitii1
La ciudad estrena, con
toda solemnidad y pompa
salvo imponderables de
última hora— , unas fuen
tes nuevas para mayor es
plendor de las fiestas y de
Barcelona.
FIESTAS DE LA MERCED
Por JOAQUIN M.A DE NADAL
F
'IESTA de la Merced, fiesta mayor de Barcelona, de esta Barce
lona que vio nacer su devoción y su advocación; fiesta mayor
de innumerables iglesias de todo el mundo, singularmente del mun
do hispanoamericano, al que España llevó la devocn a la Virgen
blanca con el descubrimiento, o con la conquista, acompada con el
recuerdo inolvidable de dos santos y de un rey. Fiesta mayor en las
calles y en los espíritus.
¡Ah!; yo quisiera entretenerme un poco en la interpretación del tí
tulo que damos a esta fiesta. Si nos atenemos al sentido puramente
gramatical, la fiesta mayor es tan sólo la mayor de las fiestas del o.
Pero esta interpretación resultaría errónea, porque sería tan lo cuan
titativa, y la fiesta mayor no es una cantidad, es una cualidad; es un
sentimiento. ¡Desdichados los pueblos que no la juzguen así!
La fiesta mayor es como si todas las fiestas del o se hubiesen
hecho alega, y esta alegría se hubiese convertido en fiesta: fiesta del
cuerpo y fiesta del alma. Justo así, por este orden, con las sonoridades
)
1 1
FIESTAS DE LA MERCED
de lo material y los sentimientos de lo espiritual resonando en los oídos,
fulgurando en los ojos, cantando en el alma.
Teóricamente, en principio, la fiesta se celebra para honrar al Santo
Patrón o a las rgenes en sus distintas titulaciones, pero algunas ve
ces, y aun muchas veces, la idea del festejo se desplaza o se vuelve tan
dominadora que el santo llega a desaparecer; algo así como aquellas
Vírgenes que la piedad mal entendida vistió con ropajes y mantos y
joyas y coronas hasta el punto de desaparecer bajo todo ello la santa
imagen a la que quiso honrar. En tales casos, el santo llega a conver
tirse en un mero punto de referencia, que situamos en el tiempo y en
el espacio, y la fiesta mayor es el día en que se estrenaron tal traje
o tales zapatos, o tal novio, o la fecha en que cogieron a tal torero,
o triunfó tal equipo o riñeron los bandos enemigos de dos pueblos
vecinos.
Y es que lo adjetivo llega a dominar a lo sustantivo hasta el punto
de ofuscarlo completamente. Y, no obstante, desdichados de nosotros
el día en que las fiestas mayores desapareciesen, porque, a pesar de
los errores en que puede incurrirse en ellas, o en torno de ellas, consti
tuyen la base en que se asienta la fe de los pueblos y tienen una pro
yección espiritual inmensa en la vida de ellos.
Ahora bien, las fiestas mayores tienen reacciones espirituales dis
tintas en los pueblos y en las ciudades; a los pueblos les inspiran ten
dencias de ciudad, y a las ciudades, inclinaciones de pueblo. A vemos
que en los pueblos que carecen de salones ciudadanos se levantan esos
fantásticos entoldados llenos de espejos y de cortinajes y de alfombras,
y de arañas de cristal o de vidrio, con orquestas más o menos famosas
y aun chillonas o lánguidas animadoras; y, en cambio, en las ciudades
se levantan arcos de follaje, se disfrazan las calles con arreos pueble
rinos, se tienden de casa a casa las cadenetas de «sortija», se desen
tierra la indumentaria popular folklórica, y aun pedimos prestada a
los pueblos una «cobla» que lleve a nuestras plazas, con las danzas
picas de las montañas, los sones humildes que diríase que nos traen
perfumes de tomillo, de boj y de romero. Y es porque, guiados por
un instinto de superación, los pueblos sienten la apetencia de la gran
deza, y las ciudades el orgullo de ser pueblo, como aquellos modestos
hijos del pueblo a quienes la suerte ha favorecido y recuerdan con año
ranza los tiempos de sus humildades. Y los pueblos se convierten en
ciudades pequeñas y las ciudades en pueblos grandes.
Y no obstante, la posición de unos y otras sigue siendo fundamen
talmente la misma: en su devoción por el santo, unos quieren emularle
a fuerza de grandezas y las otras a copia de simplicidades. Tal vez ha
llegado el momento de decir: «¡Ay de los pueblos que no sienten aque
llos estímulos de superación!; pero ¡ay de las ciudades que no sienten
las humildades de pueblo, porque serán como los nuevos ricos que re
niegan de la modestia de sus padres!»
Por una mal entendida verenza de parecer pueblo, se perdieron las
típicas fiestas de la Merced de Barcelona hace años. Yo las recuerdo aque
llas fiestas sencillas de mi infancia, en las que triunfaba la personalidad
de cada calle, la fraternidad de cada barrio, la flor de la menestralía
y el rígido colorido de la lustrina y la «sortija» serpeteante. Con estos
cinco elementos y un hondo sentido religioso se organizaban las fiestas
de la Merced más atrayentes, y en las calles resonaban alegrías con las
canciones de las muchachas, los galanteos de los mozos, la palabrería
de las mujeres, el ruido isócrono de los instrumentos, el canto de los
pájaros enjaulados y el correteo de los chiquillos en libertad. (No
yo si hubiese sido s discreto enjaular a los chiquillos y dejar en
libertad a los pájaros.)
La «sortija» era el primer elemento decorativo; orgía de colores,
con la que se podían levantar salones de fiestas, palacios de fantasía
y catedrales de ensueño. Pero no una «sortija» prefabricada, que puede
comprarse a metros, sino de «artesanía», una artesanía que unía en
sus mallas todas las casas y aun todas las viviendas, y todas las ca
lles y todas las almas; una artesanía en la que habían puesto su trabajo
todos los hombres y sus tijeras todas las mujeres. (Conste que esto
último lo digo sin segunda intención.)
Y ahora, ¡perdónenme los lectores!, porque voy a decir algo que
sonará a profanación en mi boca, acostumbrada a cantar las glorias
de la generación de 1888. Y lo que digo es esto: que con aquellas fies
tas de la Merced de tipo popular y de barriada acabó la Exposición
Universal de 1888.
La cosa es dolorosa, pero es auténtica. Habíamos recibido a tantos
reyes y a tantos príncipes; habíamos realizado tan extraordinarios fes
tejos; habíamos entablado tan altas relaciones; en una palabra, había
mos crecido tanto, que nos avergonzamos de nuestras fiestas modestas
y tradicionales, que nos hacían parecer tan pequeños. Y la gente em
pezó a retraerse, y se lle a más: a retrasar el regreso del veraneo
para no tener la impresión de que la ciudad parecía un pueblo. Y de
esta manera malvivimos unos años—concretamente cinco—, hasta que
a un dulcísimo a de la Merced le puso la nota trágica, en plena
«parad militar, la bomba de un anarquista. Aquella bomba malhirió
al general Martínez Campos, pero hizo algo más grave aún: mató las
fiestas de la Merced.
Unos años s tarde (en 1902), el esfuerzo esporádico de un Ayun
tamiento reinstau aquellas fiestas con esplendores singulares; pero,
de hecho, las fiestas habían muerto. No olvidemos que es más fácil dar
la vida a los hombres que resucitar a los pueblos.
Hace unos pocos años el Ayuntamiento de Barcelona ha intentado
nuevamente la aventura. Los barceloneses debemos agradecérselo. Pero
no olvidemos que para resucitar aquellas fiestas hemos de resucitar
primero el esritu que las informaba, que era la sutil amalgama de
un hondo sentimiento religioso y de un profundo sentido de pueblo.
Para conseguir una y otra cosa es menester superar la crisis de es
piritualidad que está padeciendo el mundo; sólo esta victoria sobre
nosotros mismos puede asegurarnos el éxito de las fiestas, no olvidan
do, entre tanto, que es preferible una espiritualidad sin fiestas que
unas fiestas sin espiritualidad.
He aquí marcado el camino de la gran resurrección. Hay que empe
zar por resucitar el espíritu y luego entregarse confiadamente a nues
tras fiestas; entregarnos a ellas con el alma y con el cuerpo, y resuci- j
tar, con ellas, un espíritu y unas costumbres, y si alguien pretende za
herir nuestra fiesta mayor diciendo que «hace pueblo», contestémosle
con el orgullo del convencimiento: «¿Un pueblo? ¡Enhorabuena! Lo
fuimos, lo somos y queremos serlo. Un pueblo hondamente religioso y
profundamente mariano, que supo hacer una ciudad soberbia para los
hombres y conservarse "pueblo” para las humildades de Dios.»
J
La le c tu r a del
p r e g ó n de las
fiestas, solemne
pórtico del feste
jo popular y be
lla retórica para
anunciar la ale
gría de un pue
b lo q u e rin d e
así cálido home
naje a la Seño
ra de la Merced.
Fiesta de color y
de formas, gran
espectáculo para
n iñ o s y p a ra
grandes. T ra d i
ción y leyenda de ^
estos gigantones, ^
con su grotesca
corte de enanos
y c a b e z u d o s ,
que congregarán
a la m u ltit u d .
pía
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LA ALEGRIA C O N V E R T ID A EN FIESTA
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1 m JJ» w w HT 1
La sardana, co
m o c e re m o n ia
ineludible, p r e 
te x to p ara la
com petición, la
a g ilid a d y la
gracia. Aq uí, la
alegría está con
tenida y expresa
da con sobria ele
gancia, heredada
por generaciones.
El juego, el re
galo y la sorpre
sa andan juntos
en esta broma
antigua de la pi
ñata, a la que se ^
prestan volunta-
ñámente los ra
paces de todo el
mundo. También
¡c óm o no!
los de Barcelona.
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FOTO: POSTIUS
FOTO: RIBERA
Fiesta mayor en la
que la fe se asienta
FOTO: POSTIUS
E
l Mediterráneo ama las fiestas. Y Barcelona,
mediterránea por sus cuatro costados, no
constituye ciertamente una excepcn a la
regla. Fiestas solemnes unas, populares las otras,
siempre bulle en alguno de los rincones del perí
metro de la ciudad el eco de una fiesta. Y la
dedicada a la Virgen de la Merced—que por algo,
trandose de la Patrona de la ciudad, ha conse
guido el rango de fiesta mayor de Barcelona—
alcanza una fosforescencia y un atractivo espe
ciales.
¿Fiesta de gran tradicn? Digamos, en honor
a la verdad, que, históricamente, ess bien una
celebración modesta. Fué en 1892 cuando por vez
primera el Ayuntamiento barcelos decidió pa
trocinarla, y si descartamos las 20.000 banderitas
que adornaron los árboles de la _ Rambla, poco
más sabemos en concreto de lo ocurrido en aque
llas fechas. En cambio, diez años más tarde, la
fiesta mayor de la ciudad revistió un esplendor
inusitado, y el programa resultó tan atractivo
que 150.000 forasteros se dieron cita en la Ciu
dad Condal, si no mienten las crónicas.
Muchísimas calles de la ciudad lucieron ilumi
naciones extraordinarias. Celebráronse toda clase
de concursos deportivos y culturales, siendo los
de orfeones y el de gigantes y enanos de todas
las poblaciones de Cataluña los que despertaron
mayores admiraciones. No faltaron las inaugura
ciones de exposiciones de arte diversas—la de
arte antiguo revistió una importancia excepcio
nal—, y también tuvo lugar la inauguracn del
Museo Provincial. Otro número destacado de los
festejos fué la organizacn de una aparatosa ca
balgata artístico-industrial, con más de 50 ca
rrozas, que, vistosísima, recorr las calles barce
lonesas entre la admiracn general.
Es a partir de este año, 1902, y con muy sensi-
El paso inusitado de los gigantes, con su sorpren
dente majestad, con la grotesca desproporción de
su estatura, reúne en la plaza de Cataluña la re
gocijada curiosidad de las gentes. El interior de la
basílica de la Merced muestra todo el esplendor
del oficio solemne con que se rinde culto y de
voción a la Patrona de la laboriosa ciudad catalana.
bles intermitencias, cuando la Patrona barcelonesa
ha podido contar regularmente con la celebración
en la última decena de septiembre de un denso
programa de festejos, en el que saben conjugarse,
con innegable instinto, lo solemne y lo popular,
lo que les otorga un cariz inconfundible y que
responde con exactitud a la manera de ser de
nuestro pueblo.
* » *
Ha sido en los últimos años cuando las fiestas
de la Merced han recobrado el rango y esplen
dor que merecen. La corporacn municipal, en
lucha—todo hay que decirlo—contra los elemen
tos, está dispuesta a mantener el esplendor y pres
tigio de unas celebraciones que, si no muy pro
fundas, sí tienen poderosas y auténticas raíces en
el sentir de los barceloneses. Porque la Merced
parece tener un enemigo tradicional : la meteoro
logía. Concretamente, la lluvia. La segunda quin
cena de septiembre es, desde siempre, la de tiem
po más inseguro del año en la Ciudad Condal.
Desde 1892 hasta la fecha, el elemento líquido
nunca fal a la cita, y con su presencia deslu
ció, o entorpeció cuando menos, la celebración
de muchos de los actos al aire libre, que son pre
cisamente los que tienen una vibracn y un sa
bor más populares. Es una batalla anual, en la
que la habilidad y un punto¿por qué no de
cirlo—de tozudez de los barceloneses salen final
mente victoriosos, considerando las cosas desde un
punto de vista global, si bien han debido batirse
en retirada en algunas de las escaramuzas.
Pero el esplendor de las fiestas, su creciente
dimensión, superan ampliamente ese contratiempo,
diríase que inesquivable. Año tras año, el pro
grama ha ido ampliándose y adquiriendo una
importancia evidente, con la incorporación de ce
lebraciones de tipo internacional, sin olvidar ja
más las populares y folklóricas, que están en la
misma esencia de las fiestas. Y hoy ya puede
hablarse, con justicia, de una auténtica fiesta
mayor de la ciudad.
Por SEBASTIAN GASCH
p T á ' H X l
DURA N È
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r « ij| l CUESTA»
S r l f * S C S i i V s . W
W t R ;- 0 3 l i
i e MJwm i S ílE E B É
D
a Barcelona de los años veinte y trein
ta, la Barcelona de entre ambas gue
rras, no cesaba de asombrarse. Podíase
decir a la sazón que el mar y Barce
lona eran los dos espectáculos que se
renovaban con mayor frecuencia. Nun
ca una ola es igual a la precedente, y
en las calles de Barcelona, abundantes
en mujeres adorables, millonarias en
personajes curiosos, en escenas pinto
rescas, la mirada no cesaba de admi
rarse.
Esa diversidad de cada minuto, sin
embargo, esa facultad calidoscópica de
los más modestos rincones de plazas
y calles, ese perfume de aventura que se cernía
sobre las Ramblas y sus andurriales, ese renuevo
perpetuo de Barcelona, en donde bastaba pasearse
para colmar una existencia entera, y ese tem
peramento de nix de una ciudad industrial que
cada noche desaparecía, muerta de fatiga, en el
silencio y en la sombra, y que todas las maña
nas surgía de su sueño joven, palpitante, im
prevista; todo eso, la actividad frenética de una
ciudad entregada intensamente al trabajo, no era
más que pequeñez y bagatela al lado de la mu
tación insigne que Barcelona sufría por las no
ches.
Barcelona, de golpe y porrazo, se metamorfo-
seaba. Como la planta sale de la tierra, y al
igual que el agua mana de los manantiales, sa
lían de sus escondrijos los seres de la noche, los
seres que moraban en la noche, los seres mar
cados por la noche. Por eso se movían en un
universo equidistante del ensuo y de la reali
dad. Por eso eran poetas. Poetas del claro de
luna. Una especie de fantasmas destinados a con
mover una realidad construida por la imaginación.
La Barcelona nocturna era famosa en el mundo
entero. Hizo correr por todas partes ríos de tinta
y motivó el gasto de toneladas de papel. Princi
palmente, en Francia, entre los literatos ávidos de
emociones fuertes y de pintoresquismo ilumina
do con anilinas.
Paul Morand es uno de los escritores france
ses que ha dicho más tonterías sobre Barcelona.
El capítulo titulado «La nuit catalane», de su li
bro
Ouvert la nuit, está impregnado de prejui
cios y de fantasía delirante. Francis Careo, en
cambio, fué uno de los que dijeron cosas más
exactas. Los dos capítulos de Printemps dEs
pagne dedicados a nuestra ciudad eran una des
cripción variada y animada, plerica de vida y
animación y, sobre todo, muy objetiva. No se
apartaba casi nunca de la realidad.
Morand no «v» a Barcelona. Careo fué el que
mejor la vió. Pierre Mac Orlan f el que más
hab de la Ciudad Condal. Detalle curioso : el
leit motiv
de todos sus textos sobre Barcelona
es la calle del Cid, no así, estrictamente, como
figuraba en el tulo del siniestro callejón, sino
con la adidura de «Campeador». La «rue du
Cid Campeador», auténtica obsesión, aparece en
todos sus textos barceloneses, en sus libros
Rues
secrètes. Filles damour et ports d'Europe, La tra
dition de minuit, La Bandera... Tendría necesidad
de mayor espacio para ocuparme de La petite
Infante de Castille, de Henri de Montherland,
cuya acción se desarrolla en Barcelona y que da
principio del siguiente modo : «Barcelona es una
ciudad de 600.000 habitantes, y sólo cuenta con
un urinario público...» En breve: Joseph Kessel
decía que conocía muy mal Barcelona : los cas-
Un ventilado puesto para descansar y leer en la
noche estival: «La nuit catalane», de Paul Morand.
conciertos y el Barrio Chino. Nada más. Eso,
lo eso, le define a él y a sus colegas. Para mu
chos escritores franceses, en efecto, Barcelona era
el distrito V, y para Mac Orlan, la calle del Cid.
* *
Y prosigue la evocación. Aplicada ahora a los
espectáculos nocturnos. Allá por los os vein
titantos, Barcelona era la puerta del extranjero.
«El Molino», en pleno Paralelo, es testigo y so
breviviente de una época pasada, tan literaria...
Las primeras novedades, las últimas audacias de
París y de Londres, repercutían seguidamente en
Barcelona. Fernando Bayés hizo el milagro de
convertir Barcelona en uno de los grandes centros
del music-hall europeo. Bayés pudo ir del Alcá
zar Español al En Concert, y del En Con
cert al Principal Palace, porque tenía un afán
extraordinario de superación; porque, espoleado
por lo que veía constantemente en el extranjero,
ardía en deseos de «hacer cosas», y porque era
un hombre audaz para jugárselo todo en una
atracción en la que tuviera fe. Así nos asombra
ba un día con el Alcázar, con Turcy o con
Dania, y otro día nos traía la rubia Parlsys en
el En. Estaba orientado.
Quienes tengan edad y memoria para recordar
los, no habn olvidado seguramente—no pueden
olvidarlos—el buen gusto, la fantasía, la riqueza,
la modernidad y el ritmo de las revistas presen
tadas por Bayés, ni la superior calidad de sus
temporadas de music-hall. Todas las vedettes in
ternacionales desfilaron por el Principal Palace
de Bayés. Vino Ivonne George (cantaba Mon
homme). Vinieron Rosen, el hombre de los trein
ta chalecos y de la picazón permanente en las
piernas; el contorsionista Chester Kingston, los
saltadores ingleses Boganny, el virtuoso de la
ocarina Treki. Vino Mayol, con su tu loco, su
fantasía marsellesa y la portentosa elocuencia
de sus manos. Vino la Mistinguette, y vino Che
valier. Era la época en que su nombre ya em
pezaba a figurar con recia tipografía en los car
teles de Pas. Era la época del chaqué marrón,
el pantalón a cuadros y el sombrero de copa.
Era aquél un Chevalier de treinta y un años, del
gado y afinado por las noches de Montmartre. Se
prensentó en Barcelona dentro del marco esplen
doroso de «Oh la revue!»
También existía a la sazón el teatro Eldorado.
Era un local muy acogedor, muy familiar, con
una clientela distinguida, situado en el coran
en lo que era el corazón—de Barcelona : la
plaza de Cataluña. En el teatro Eldorado aplau
dimos a Isaura y a Raquel Meller, a Spaventa
y a Nita-Jo... Y hubo anteriormente el Salón
Doré y la Sala Imperio, la inolvidable Sala Im
perio de Tórtola Valencia y de las hermanas
Gómez...
* *
Pero ya no quedan palmeras en la plaza de
Cataluña, ni atracciones internacionales en el vie
jo tablado del Eldorado. Con todo, aunque la nos
talgia, la famosa nostalgia, venga efectuando una
larga y sutil «preparación psicológica» en los es
píritus desde hace largo tiempo y esté haciendo
grandes estragos en todo ciudadano lo bastante
ejo para recordar y comparar tiempos con tiem
pos, no hay motivo para ella en lo que respecta
a las noches barcelonesas.
En este sentido, en efecto, Barcelona ha reco
brado su rango de gran ciudad. Vuelve a ser la
puerta del extranjero. Las primeras novedades, las
últimas audacias de París y de Londres, vuelven
a repercutir seguidamente en nuestra ciudad.
Verdad es que ya no existen en Barcelona el
Principal Palace, el teatro Eldorado u otros lo
cales especializados en la presentación de gran
des atracciones. No es menos cierto, sin embargo,
que unos establecimientos de índole distinta, pero
de orientación similar, se han encargado de sus
tituirlos. Se llamaban otrora dancings. Se llaman
ahora salas de fiestas. Y las salas de fiestas han
suplantado al dancing. O sea, que ahora el baile
ha cedido el paso a las atracciones.
Las damas que fueron jóvenes en 1925 se acuer
dan muy bien de que en aquel entonces se con
vulsionaban al compás descoyuntado del charles-
tón hasta el amanecer. Ahora, cuando van a las
salas de fiestas, acompañadas de sus esposos, es
para aplaudir a la Patachou o a Line Renaud, y
durante los intervalos se contentan con ejecutar
dos o tres pasitos de baile en la pista. Y sus
hijos, los domingos por la tarde, van allí para
embelesarse con Gilbert caud o Aznavour.
Sí, en efecto, Barcelona, las noches de Barcelo
na, por lo que hace a las grandes atracciones, han
recobrado su rango de gran ciudad. No cabe, por
tanto, evocar con nostalgia y los ojos en blanco
los «felices veintes» ni afirmar que «cualquier
tiempo pasado fué mejo. ¿Será ello debido a la
condición eminentemente turística que ha llegado
a tener Barcelona? Sea de ello lo que quiera, lo
cierto es que esa industria con la cual apenas se
contabael turismo—constituye ahora una verda
dera fuente de riqueza, y lo cierto es también
que ha quedado de modo fehaciente demostra
do que los turistas se encuentran en_ Barcelona
como en su propia casa y que no oran aquí
La típica fuente de Canaletas, con la que se bautiza y confirma la noble ciudadanía barcelonesa
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Plaza del Teatro. Es el corazón del barrio del puerto, con una atmósfera cosmopolita muy adecuada.
Los puestos de periódicos de las Ramblas; curiosos, coloristas y alegres establecimientos inimitables.
los grandes espectáculos de sus países respectivos.
justamente, por y para ellos, los locales noctur
nos mudan de fisonomía todos los veranos. Aso
man a sus pistas y escenarios los mil y un rostros
del folklore español, su riqueza fabulosa en cuan
to a baile y canto de nuestras regiones. Y buena
prueba de la aceptación y aplauso que tiene entre
ellos esa opulencia folklórica es la larga teoría
de autocares que, en las noches estivales barcelo
nesas, se estacionan enfrente de los establecimien
tos que les ofrecen las manifestaciones vibrantes
de nuestro acervo popular.
* *
Ese folklore nocturno, principalmente el anda
luz, se tiñe con colores mucho más sórdidos en
la zona portuaria. « Avez-vous vu dans Barcelo
ne... ? », preguntaba el poeta; «avez-vous vu dans
Barcelone—une andalouse au sein bruni ? », pre
guntaba Alfred de Musset. Fué en la Barcelona de
1930, en la Barcelona de la Exposicn Internacio
nal, donde esos versos adquirieron mayor espesor
de verosimilitud. Sobre todo y ante todo en el
distrito V, el injustamente difamado Barrio Chi
no. En el distrito V había más cuadros flamencos
que en el barrio del Perchel, en el de Triana o
en cualquier otro rincón gitano de los tristes pue
blos del Sur. Los frecuentaban ex mineros de La
Unn, murcianos, cartageneros, marinos de Huel
va y pescadores de Sanlúcar, que a la sazón tra
bajaban en las «colla del puerto descargando
«pacas» de algodón. Estos establecimientos, desde
fuera, eran un tanto tenebrosos. Se despachaban
en ellos unos chatos de quince céntimos, y en
alguna pared, sobre las grandes cubas, se asomaba
la trágica cabeza disecada de un toro cualquiera
muerto alevosamente en la Monumental.
Estos hombres y estos locales crearon la solera
flamenca de Barcelona. La afición a los cuadros
flamencos se extendió de tal manera, que todos
los bares conscientes de su misn pedagógica lo
tenían. De una tabernucha del «barrio chino», la
«Taurina», enclavada en la nauseabunda calle del
Cidla calle del Cid de Mac Orlan, sal Car
men Amaya. Era una chavalilla que apenas le
vantaba un metro del suelo. Llamábanla la «Ca
pitana». Su padre, el «Chino», tocaba la guitarra
mientras la gitanilla bailaba como los propios án
geles.
Y ahora, ¿qué? El tan injustamente difamado
Barrio Chino ha dejado de existir, y sus restos,
en avanzado estado de descomposición, han cru
zado las ramblas y se han trasladado a la zona
portuaria, a la calle de Escudillers y sus aledaños.
Los pocos «colmaos» flamencos que allí vegetan
son tascas tristes para uso exclusivo de turistas
y con todo el aspecto de españolada de caja de
pasas.
Lo que no impide que, por las noches, la calle
de Escudillers y sus aledaños posean una vitalidad
desbordante y sean uno de los lugares más ardien
tes y bulliciosos de Barcelona. Por las noches
hierven de gente. Mujercillas y marineros venidos
de lejanos climas, los noctámbulos empedernidos,
invaden aquellas callejas, que evocan de modo
irresistible los acres aromas de los puertos, hasta
que, extenuados, todos esos seres de la noche se
tumban en las sillas de las Ramblas, que, de ma
drugada, cobran una animación portentosa.
La misma animación nocturna que reina en el
Paralelo a la salida de los teatros, en cuyas facha
das estallan en letras de fuego los nombres de
las «vedettes» revisteriles. Que reina asimismo, to
dos los veranos, en las fiestas callejeras, desde
Gracia, febricitante barriada, hasta la Barcelone-
ta, el simpático y populoso barrio marinero, en
donde los pescadores llevan remangadas las man
gan de la camisa y tatuados en el antebrazo
corazones azules, signos y áncoras.
Hombres y mujeres sencillos atestan las calles
en esas madrugadas de fiesta mayor suburbana.
El hormiguero de público anda, indiferente y ver
benero, entre la melopea de las luces de las ba
rracas, los tiovivos y el salón de tiro al blanco.
Los altavoces, amplificados a todo volumen, han
venido ahora a suplir los organillos, las cajas de
música y la gran trompa encarnada del gramófo
no de la churrería.
Todavía, empero, a la puerta de una barraca,
un hombretón vocea;
¡La cabeza parlante! ¡Pasen, señores, pasen!
SEBASTIAN GASCII
FOTOS: POSTIUS
Barcelona tiene, desde el mar, un rostro nuevo que mostrar al viajero. Es quizá así, con su amplia
frente de piedra, la cambiante y pertinaz cara vuelta, desde siempre y para siempre, al Medite
rráneo. Y, no obstante, el panorama de la ciudad guarda siempre un aspecto inédito, como guarda
siempre, en sus bulliciosas y recoletas calles, entre la vivaz y activa gente de este, más que fértil,
fecundo valle, una nueva maravilla que descubrir. «Barcin, fundada por Amílcar Barca, está siendo
inventada de nuevo cada a por sus ciudadanos y por sus visitantes. Su extensa área urbana es
el laberinto y la teoría perfecta para todos los caminos. Su actividad trasciende a todo el conti
nente, como fuente, destino y módulo del trabajo ordenado, limpio augurio de las mejores empresas.
BARCELONA
DESDE ARRIBA
La catedral, rodeada amorosamente por el casco antiguo, es anclada vigía permanente de la ciu
dad, centro, en el corazón del arte y del espíritu, de la historia de una ciudad que supo ganarse
el puesto capital en el concierto de la civilización del mundo medieval, con el reconocimiento y
la admiracn de las s preclaras intelectualidades del globo. Pero con el ímpetu y la juventud
de quien sabe unir, fundidos como en un único crisol, los caracteres diversos e indelebles de siglos
remotos y modernos, del espíritu y el modo de vivir de hoy con el de ayer y con el de siempre.
«Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros,
hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los
ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio
y en belleza, única.» (Don Quijote, 2.a parte, capítulo LXXII.)
i g r f
ALGUNAS CIFRAS SOBRE BARCELONA
B
arcelona constituye la provincia más
poblada de España; sus habitantes
alcanzaron, el 31 de diciembre del año
últim o, la cifra de 2.648.405. La mi
tad de esta población—más exactamente, el
47 por 100se encuadra dentro de la masa
económicamente activa de la nación. Los
barceloneses «económicamente activo son,
pues, 1.244.758. Casi la mitad de esta po
blación se dedica a la industria, que ocupa
a 635.617 personas.
En el sector industrial, la provincia de
Barcelona sobresale por su producción tex
til, que da empleo a 201.247 personas, dis
tribuidas en 2.277 bricas, desde el peque
ño taller familiar hasta la gran factoría,
encontrándose en funcionamiento un total
de 86.332 telares. El valor total de la pro
ducción textil, en la provincia de Barcelo
na, alcanzó, en el año 1956, las siguientes
cifras :
Sector algodón : 14.000 millones de pe
setas.
Sector lana: 10.000 millones de pesetas.
Sector seda y fibras celusicas : 5.400 mi
llones de pesetas.
La industria de transformados melicos
tiene también mucha importancia en Cata
luña, y concretamente en Barcelona, donde
ocupa a 156.328 obreros fijos. El valor de
la producción de esta rama industrial al
canzó, también en el año 1956, a 11.000
millones de pesetas. La actividad industrial
de Barcelona no se para aquí, manifestán
dose en toda la gama productiva. Y así nos
encontramos con una poderosa industria
químico-farmacéutica, que emplea a 35.000
obreros, y con 600bricas de curtidos.
La población agrícola es de 98.867 per
sonas, que cultivan el 25 por 100 del terri
torio total de la provincia, con una produc
ción de 572.000 quintales métricos de trigo
y 218.000 de cebada. La producción de vino
llega a 1.759.000 hectolitros.
En el año 1956 estuvieron abiertas en
Barcelona 295 librerías, que vendieron, en
tre otros, los libros producidos por las 259
editoriales barcelonesas.
El puerto de la ciudad de Barcelona cuen
ta con siete kilómetros de líneas de atraque,
sobre los nueve existentes, pues los dos
restantes esn ocupados por diversas ins
talaciones, factorías, pesca, deportes. De
estos siete kilómetros de muelle útil, el 60
por 100 se encuentra equipado con buenas
grúas, cuya altura oscila entre los 18 y
30 metros. La intensidad de trabajo exige
que alguna de estas grúas funció- _ . .
ne unas cuatro mil horas al o. /V\.
RETORNO
DE
EUGENIO D'ORS
Por Jaime Ferrán
E
N una leccn inolvidable, editada por el Colegio Mayor
Antonio de Nebrija, Eugenio dOrs definía la parusia,
esa forma intermedia entre la presencia y la ausencia,
por la que la presencia del ausente es mucho más que el puro
recuerdo.
Eugenio d’Ors no es simplemente un recuerdo en la cultura
española. Su retorno tiene signo parúsico. No podía ser de
otro modo, trandose de quien hizo profesión permanente de
fe en la amistad y el diálogo. Y el dlogo y la amistad, cuando,
emprendidos con rectitud y limpieza, pueden—y deben—ir
más allá de la frontera angosta que señala la muerte.
Pero esto no sería suficiente para explicarnos el retorno de
Eugenio d’Ors si no le agregásemos su clara vocación magis
tral, cuya necesidad se nos ha hecho más patente que nunca
desde hace cinco años.
Un maestro auntico es seguramente el máximo don que
la cultura puede ofrecer a quienes quieran servirla. El nos
enseña con paciencia a desbrozar el camino y a marchar pos
teriormente por él. El nos instruye más tarde en el valor de
la constancia, cuando la acompaña la verdad. El nos deja el
gesto cuando ya no es necesaria la palabra.
Pocos maestros ha tenido la juventud española. Ninguno
que haya sabido permanecer tan firmemente a su lado, contra
viento y marea, contra borrasca y avatar, como lo hizo Euge
nio d’Ors.
En su Barcelona natal se for para siempre el temple
de D’Ors. París le d s tarde su conciencia europea. Madrid
le devolv a nuestros grandes problemas nacionales. Hispano
américa le ungió con el último fervor hispánico. Y siempre
ciudadano de la cultura, vivió, por encima de fronteras y de
mezquindades, ajeno a cuanto hubieran querido oponerle la
envidia y la pasión, dictándonos, incluso con su silencio, algu
na de sus mejores lecciones.
Hoy la cultura nos lo devuelve en repetida ocasión: cuando
comprobamos, por ejemplo, la inmejorable trayectoria de nues
tra pintura contemporánea, que, como maestro de críticos,
supo dirigir y encauzar; cuando advertimos, en ciertas zonas
de nuestra vida intelectual, la continuación de una tradición
de inteligencia, de la que él supo darles conciencia; cuando
asistimos gozosos a los últimos testimonios en pro de la uni
dad de Europa, de la que él nos predicara la pasión, la milicia
y el triunfo en los días lejanos de 1914; cuando recorremos
las Bibliotecas Populares, que en tantos pueblos de Cataluña
mantienen erguida una bandera de cultura que él generosa
mente les entregó; cuando sentimos entre nosotros la saluda
ble influencia que algunas de sus más caras constantes han
venido ejerciendo.
Retorna Eugenio d’Ors en nuestras sesiones universitarias,
en el Seminario que lleva su nombre unido al de la Ciencia
de la Cultura, en la Universidad de Madrid. Retorna en las
sesiones de la Academia del Faro de San Cristóbal, en Bar
celona. Retorna en nuestros periódicos, en nuestras revistas
universitarias, en nuestros centros de reunn...
Hace ahora cinco años, con gesto acostumbrado, sin nada
que turbase su innata elegancia, se despedía de nosotros en
Cataluña, adonde había vuelto para morir. Y al ver la fidelidad
con que D’Ors, tocado por el ala de la enfermedad y .pximo
a la muerte, había regresado a Cataluña, comprendíamos de
una vez para siempre que la patria no es simplemente el lugar
en el que hemos nacido, sino aquel que escogemos para morir.
Descanse en paz Eugenio d’Ors entre los altos cipreses del
cementerio de Villafranca, que él exaltó. Repose tranquilo, él,
que amó tanto la lucha, mientras su espíritu, en permanente
retorno, sigue batallando por nosotros.
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Calle
Cáceres,
3»
N
o si ustedes saben qué es el
Ensanche barcelonés: esa exten
sa cuadrícula de manzanas en
que se organizó la ciudad cuando salió
de las murallas. El Ensanche ha sido
muy criticado por su rigurosa geome
tría; pero justo es reconocer que, en
nuestros días, se le tiene más respeto
porque ha demostrado su utilidad para
facilitar la circulación. Algunos espacios
verdes, es cierto, darían al Ensanche
mayor amenidad, lo haan más agra
dable. De todos modos, los barceloneses
hemos aprendido a distinguir el distinto
carácter de estas callesla veloz y fría
calle de Balmes; la calle de Aribau, de
tan viva palpitación popular ; la Rambla
de Cataluña, de aire burgués—, que es
n presididas, sin discusión alguna, por
el paseo de Gracia.
El paseo de Gracia, con sus 42 metros
de anchura, fué al principio una espec
tacular avenida en medio de los cam
pos. Estaba poblado por casi dos mil ár
bolespinos, álamos, moreras, sauces,
encinas—y dividido en cinco calles, cuyo
destino era el inverso al actual, pues la
vía central era feudo de los paseantes.
El paseo, que nacía al pie de las mura
llas y llegaba a la villa de Gracia, tuvo
inmediatamente un éxito enorme. Una
Guía de 1847 advertía que «es frecuen
tado por muchos enfermos y filósofos»,
y el lugar fué elegido también por los
aficionados a los ejercicios hípicos. Lue
go, cuando los jardines fueron sustitui
dos progresivamente por edificios, el
paseo cambió de carácter y pasó a ser
centro de diversión, con sus ocho tea
tros y locales de baile y espectáculos:
el Tívoli, La Ninfa, Campos Elíseos, et
cétera. Con los nuevos tiempos la evo
lucn se completó. Prácticamente, los
teatros se cerraron y empezaron a abrir
se los bancos.
Pese a los despropósitos que el paseo
ha tenido que aguantar en nuestros as,
sigue siendo una calle extremadamente
señorial. Testimonios ajenos aseguran
que es una de las calles modernas más
señoriales de Europa. Yo, que no me
tengo por fanático, estoy dispuesto a co
rroborarlo, si el señorío es producto de
una tradicional y mantenida discrecn,
de un estar al día sin entregar<